Fue el segundo de tres hermanos también varones. El mayor nació cuatro años antes, el pequeño uno y siete meses después. Nunca conoció el significado de ser el mayor y no podía recordar la sensación de ser el pequeño.

Mayor que el pequeño que disfrutó de esa bula que le permitía ser disculpado de sus travesuras y defectos que todos tenemos, aunque no somos juzgados con el mismo rigor.

Mucho más pequeño que el mayor, al que era comparado continuamente, agravado por los problemas que tienen los padres para fijar de forma fiable las fechas de los actos y aprendizajes de sus hijos.

El segundo lo hizo todo peor, más tarde y con menos méritos que el mayor y, además, tenía que esforzarse para ayudar y dar buen ejemplo al pequeño.

Pasaron los años y se fue materializando el destino que sus padres marcaron para ellos, sin duda alguna de forma inconsciente y con la buena intención que se les supones cuando intenta dirigir a sus hijos hacia un destino mejor para ellos.

El mayor fue un buen estudiante, sin llegar a ser excelente. El pequeño bastante desastre, pero se culpó de todo a las malas compañías, como si éstas no las eligiera uno mismo por afinidad.

El mediano sufrió los comentarios de no esta mal, pero no es suficiente; fíjate en tu hermano mayor y, por otro lado, tendrías que ayudar al pequeño…

Llegado el momento de encarar los estudios hacia una salida profesional, fue inducido a elegir algo práctico, asequible a sus posibilidades y con salida profesional: empresariales.

No le atraía mucho, pero tampoco tenía claro que quería hacer, por lo que permitió que le empujaran porque le resultaba la salida más fácil.

Antes de terminar los estudios, encontró un trabajo y siguió en la misma empresa. Después con el tiempo se convirtió en el hombre de confianza del propietario, trabajando muchas horas con un sueldo que no estaba mal si no se dividía por las horas que le tenía que dedicar.

El mayor, después de varios años probando diversos trabajos relacionados con sus estudios, terminó de funcionario, ejerciendo de algo que nada tenía que ver con lo suyo.

El pequeño se asoció con uno de sus amigos, cuyo padre tenía bastante dinero y muchos contactos, sin que nadie terminara de tener claro si los contactos le convirtieron en un hombre adinerado o el dinero en un hombre con contactos.

Con ese amigo, abrieron un bar de noche que funcionó muy bien, luego otro y otro más hasta que terminaron montando una inmobiliaria.

De largo fue el que más dinero ganó aunque, según él, tenía muchas deudas, pero esas deudas le permitían vivir muy bien.

El día del cuarenta y seis aniversario del mediano, cuando el mayor tenía cincuenta y el pequeño cuarenta y cuatro, decidieron ir a cenar los tres para celebrarlo.

Les invitó a un restaurante del puerto con una bonita terraza. Hablaron de la reciente separación del mayor, la segunda, y no parecía muy afectado porque tras muchos años de discusiones era la salida natural.

Mientras tomaban el café, el mediano dijo, muy serio, que tenía que contarles algo muy importante. Les explicó como cinco años atrás conoció a una chica con la que enseguida congenió. Trabajaban en le mismo edificio aunque empresas distintas.

Al principio procuraron coincidir a la hora de desayunar de forma aparentemente casual. Después fijaron un horario y terminaron llamándose por teléfono para no tener que preocuparse de los pequeños incidentes y poder ir juntos.

Era la hora más esperada del día. Hablaban de sus problemas laborales y sin darse cuenta, fueron entrando en los temas más personales, de sus ilusiones y deseos más íntimos, fueron pasando los meses, pero al ser tan sólo veinte minutos los días laborables, le perecía muy breve la relación, y la espera hasta el siguiente encuentro le resultaba insoportable.

Confesó, que al principio, le resultó una relación refrescante que le permitía evadirse de los problemas del día a día, pero tras dos años se dio cuenta que era mucho más que una amistad.

Fue incapaz de confesar sus sentimientos por temor a perderla como amiga.

Con ella era capaz de desear y expresar nuevas ilusiones más allá de las obligaciones diarias.

Por otro lado, fue incapaz de confesar sus sentimientos por temor a estropear una relación tan hermosa al creer que no estaba a su altura, fuera de su alcance más allá de esos veinte minutos.

Se planteó buscar alguna excusa para salir a cenar, o quedar a cualquier hora fuera del horario convenido en el marco puntual, casi siempre en la misma mesa del mismo bar.

Él era incapaz de entender el porque su comportamiento, a pesar del convencimiento de que podía ser correspondido.

El día que ella le anunció que había llegado el momento de hacer realidad su mayor sueño, navegar durante un año en solitario, en su pequeño velero, sintió que le mundo se abría a sus pies por que no la volvería a ver en mucho tiempo, demasiado, eso en el caso de que le pudiera volver a ver, pero lo único que fue capaz de decir, simulando alborozo, es que se alegraba mucho y, ensalzando su valentía, le animó a seguir con su plan.

Deseó pedirle que le permitiera ir con ella, pero, una vez más, fue incapaz de decir nada y el miedo le frenó.

El último día que ella acudió al trabajo, se despidieron con dos besos de buenos amigos, aunque él creyó, o quiso creer, ver una sonrisa triste por la separación que atribuyó a un sentimiento parecido al suyo.

Un nudo en la garganta le impidió decir lo que su cabeza gritaba por dentro.

Los días previos a la partida tuvo ataques de ansiedad por querer y ser incapaz de ir a su encuentro.

El día que zarpó, tuvo que dejar el trabajo, ir a su casa y excusarse ante los demás con un extraño virus que le procuraba un malestar insoportable.

Ella cumplió la promesa de mandar una carta cada vez que atracaba en un puerto. Cuando recibió la primera, como todas en el lugar de trabajo, la cogió y sin abrirla se la llevó al bar donde tantas veces se habían encontrado, un ritual que repitió con todas las cartas.

Le explicaba sus aventuras y desventuras, las cosas hermosas que había visto y sentido, repitiendo que le gustaría que él también las pudiera ver y experimentar.

Al quinto mes dejaron de llegar, lo achacó a problemas logísticos y después a que se había cansado de escribirle.

La imaginó con otro hombre sin sus temores y les confesó que había sentido rabia, celos, dolor y pena, una cosa tras otra y todas juntas, pero estaba convencido que esa no era la razón de su silencio.

Indagó en la empresa donde había trabajado ella, buscó a través de Internet y finalmente realizó unas cuantas llamadas por las que supo con certeza que había sido dada por desaparecida tras un fuerte temporal.

Tras la desesperación del primer momento decidió que no podía seguir escondido en el miedo y se dedicó a confeccionar un plan que le permitiría hacer realidad el sueño que le perseguía a todas horas, tal como había hecho ella.

Sus hermanos estaban sorprendidos por la intensidad con la que había vivido esa historia de amor, alguien que siempre había sido un ejemplo de sentido común y sensatez.

Les pidió ayuda para poder hacer realidad su plan, que había pensado hasta último detalle para intentar no hacer daño a nadie y menos a su familia.

Le aseguraron que harían todo lo que estuviera en sus manos, pero no dieron crédito a las palabras que pronunció a continuación, que mejor escucharlas textualmente que contadas.

  • Una noche salí con mi mujer y un pequeño grupo de parejas. Terminamos en un bar de música antigua, sonó una canción que me reveló que debía y quería hacer.

Se quedó pensativo por un momento y cuando su hermano menor le preguntó que decía la canción prosiguió con el relato.

  • Decía : “Construiré una balsa para ir a naufragar al lugar que más quiero”

El hermano preguntó que significado le daba a esas palabras y contestó:

  • No le doy ningún significado extraño, simplemente quiero ir a naufragar al lugar que más quiero, el mismo donde naufragó ella. Deseo reunirme con ella, como si hubiera estado cuando sucedió.
  • No me digáis que es imposible, un suicidio, una locura o cualquier razonamiento lógico para intentar convencerme de que no lo haga. Porque todo eso ya lo sé.

A pesar de todo lo intentaron con otro tipo de razones, pero terminaron diciendo que era una locura, un suicidio, que no podría encontrarla porque había muerto, pero esa no era la lógica que le movía y les dijo:

  • Quiero reunirme con ella tal como la recuerdo. Vivir las experiencias que me contó en sus cartas, quiero reencontrarme con ella sintiendo, viviendo lo mismo que imaginó que vivió durante ese tiempo y entonces sentiré que estoy con ella.
  • No busco morir, quiero vivir las experiencias que desearía haber compartido con la persona que amo, la amo aunque se que ha muerto.

El hermano menor buscó argumentos y siguió intentando convencerle que era una locura, explicando desventuras de un amigo suyo que tenía un gran yate. Le encendieron las ideas estereotipadas, como que el mar es traicionero o, que una vez llegado el momento no podría echarse atrás…

  • Todo eso son tonterías, sé que navegar es peligroso y que una vez me encuentre en una situación límite tendré miedo, pero quiero sentir ese miedo como lo habría vivido con ella.
  • Pienso luchar para sobrevivir y sentir intensamente las emociones que vivió ella.

Tampoco quiso discutir sobre las suposiciones de lo que desearía ella.

  • No sé que querría. Quizás esté viva y simplemente quiso desaparecer y no le importa nada lo que yo haga, o quizás… o quizás… o quizás….
  • No lo hago por ella, lo hago por mí, porque deseo, necesito y quiero.
  • Es un acto egoísta, estoy enamorado y esto no le afecta a nadie más que a mí y mi amor por ella precisa vivir esta experiencia para ser feliz.
  • No es un acto de valor, lo difícil sería seguir viviendo como hasta ahora, enfrentados a problemas que no me interesan lo más mínimo.
  • Para terminar solo os falta recurrir a que tengo que desistir por mis hijos, para verles crecer y convertirse en personas que tomarán su propio camino.
  • Ellos pueden y harán todo eso sin mi, quizás mejor, quizás les resulte más difícil, quizás… quizás… quizás….
  • No lo sé ni yo ni nadie, ni nadie ni yo lo sabrá jamás porque sólo podemos vivir una opción.
  • Ellos tienen derecho sobre su destino, pero el mío me pertenece.
  • También sé que si dejo pasar el tiempo, es muy posible que cambie de idea, que encuentre otras satisfacciones, quizás vuelva a enamorarme, quizás… Pero nada de eso me proporcionará la felicidad de ser capaz de tomar esta decisión y seguir hasta el final.
  • Quizás estoy loco, seguro que sí, aunque me siento más cuerdo que nunca. Quizás soy un egoísta pensando solo en mí, quizás… No lo sé, pero no necesito ninguna certeza para seguir adelante, no quiero ninguna certeza absoluta de ser aceptado y correspondido.
  • Ahora no espero ninguna recompensa por parte de la persona que amo, ni tengo que demostrarle nada.
  • Tampoco tengo que preocuparme en complacer sus deseos, ni… ni… ni…. La amo y es algo mío, que solo me concierne a mí y gozo de ese sentimiento porque lo siento mío, sólo mío.

 

No supieron dar nuevos argumentos, más que su desacuerdo y reiterar que se equivocaba al tomar una decisión tan radical por la tristeza que le provocaba la muerte de su amada.

Les hizo prometer que no contarían nada de lo que había dicho y les dio unos sobres en cuyo interior había unas pólizas de seguro contratadas con una compañía especializada en navegantes, por lo que no tendrían ningún problema en gestionar su cobro en caso de que muriera o desapareciera en un accidente marítimo, siempre que mantuvieran en secreto lo que les había contado.

Era su forma de liberarse de sus sentimientos de culpa por abandonar a su familia y les pidió que la ayudaran en todo lo que pudieran, sin ensalzar demasiado su persona, sin querer ensalzar o perpetuar su recuerdo más allá de lo necesario.

Al ver que el plan estaba tan avanzado, le preguntaron cuando tenía previsto partir y, al escuchar que dentro de tres días se quedaron sin palabras.

Hasta ese momento habían creído que no era tan inminente, permitiéndoles confiar en que le tiempo enfriaría esa loca decisión.

Volvieron a la carga, aguantó el chaparón con una sonrisa cansina en los labios, negando levemente con la cabeza, porque sabía que no entenderían los motivos que le empujaban a ese viaje.

Les contó que tenía un billete de avión para partir a los tres días y que embarcaría en un velero que había alquilado en el último puerto del que había partido su amada, el velero más parecido que había encontrado y como ella, partiría sin rumbo pero con un destino deseado.

Esa noche terminaron borrachos. Rieron, lloraron, recordaron y se sintieron unidos como nunca.

El día fijado embarcó en el avión que le llevó al puerto en el que inició el viaje más deseado.

Se despidió de los suyos sin un solo atisbo de tristeza, asegurando que a la vuelta les contaría sus aventuras y traería regalos de todos los puertos en los que atracara.

Durante el vuelo notó una leve sonrisa de satisfacción en los labios y en el corazón. Al llegar a su destino, tomó un taxi hasta el puerto, que le condujo hasta su balsa. Cenó de forma frugal y preparó las cosas para poder partir cuando saliera el sol. Casi no pudo dormir y cuando el sol apenas se levantaba sobre el horizonte ya estaba navegando.

Vió alejarse la costa y muy pronto dejó de mirar hacia atrás notando la satisfacción de hacer lo que deseaba.

Los primeros días se encontró con un mar calmado, disfrutó de la navegación, hasta que el sexto día el mar se fue encrespando y las caricias del viento se convirtieron en fuertes golpes que le empujaban hacia ella sin más posibilidad que dejarse llevar hacia el destino que había elegido y deseado.

Nada más se supo de él. Las autoridades marítimas no encontraron restos del naufragio, les explicaron que con tan mala mar y un velero tan pequeño seguramente había tenido algún problema que le hizo alejarse de la costa. Tras las investigaciones pertinentes, se les dio por desaparecido.

Los dos hermanos celebran cada año el aniversario de esa cena yendo al mismo sitio, la misma terraza. Hablando de la última vez que cenaron con su hermano desaparecido, de la las razones que le empujaron al suicidio según el pequeño o a la lucha, según el mayor, una acción imposible de justificar por ninguno de los dos, aunque el mayor, con el paso de los años, intenta razonar y comprender los motivos que esgrimió su hermano para lanzarse a esa aventura sin retorno.

Los primeros meses culpó al desengaño amoroso, a la muerte de su amada. Poco a poco entendió que la imposibilidad de hacer realidad su mayor ilusión, quizás la más intensa que había sentido nunca, fue la que le empujó a ese viaje sin retorno.

También se planteó la actitud hacia el amor por otra persona tan sólo como un sentimiento intenso y propio sin búsqueda de recompensa, una forma de enfrentarse al amor que le resulta, a pesar de loarla y entenderla, imposible de asumir.

También fue dejando al descubierto su realidad, hasta el punto de tomar consciencia de que ya no le quedaba ninguna ilusión que no se pudiera comprar con dinero, ilusión que se perdía justo en el momento de  pagarla.

De las que había tenido a lo largo de su vida, sólo quedaba un vago recuerdo, acompañado de una sonrisa por la inocencia que le había permitido soñar en otros tiempos.

Entendió que esa sonrisa encubría el fracaso de no conseguir las cosas que realmente le habían importado y que, por espíritu de supervivencia, se escondían tras el muro del realismo que el paso de los años levanta cada vez más alto.

Muchos años atrás, había platicado con su hermano sobre sus ilusiones, sus metas en la vida y éste le había parecido una persona gris, sin ese tipo de problemas, conforme con el destino que le había deparado la vida, pero ese acto de locura le hizo ver que el hombre gris era él, aunque lo había escondido tras la incomprensión de la sociedad por los temas más intelectuales, que eran los que le interesaban por aquellos tiempos.

Se acostumbró a pasear por la playa, a sentarse en ella para mirar un horizonte tan lejano que permite adivinar con certeza lo que hay tras él. Se acostumbró a recoger pequeños objetos que el agua arrastra hasta la play y fue, lo sigue haciendo, inventando pequeñas historias para cada uno, que se convierten en pequeños talismanes.


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