Ese pequeño pedazo de madera, en realidad es la corteza de un árbol que vivió muchos años a la salida de un pequeño pueblo. Salida para los que viven en él, entrada para los forasteros.

Por su lado pasó mucha gente, a muchos los vio envejecer sin que le hicieran el menor caso, a otros les protegió del sol o la lluvia.

Era el único árbol en muchos kilómetros de camino porque le toco vivir en una sociedad tremendamente materialista que consideraba que solo merece la pena dar vida a las cosas que producen y un árbol que no da frutos que no se pueden vender no tiene razón de existir.

A pesar de todo esto, había dado que pensar a bastante gente sobre lo útil que podría resultar encontrar más cobijos como ese los días de verano, pero esos pensamientos no se transformaron en acciones y siguió solo en el camino.

Algunas personas se sentaron a sus pies para platicar, otros para meditar, otros para descansar, pero un hombre que pasaba desde pequeño cuatro veces al día por su lado, adquirió la costumbre de acariciar un pequeño bulto de su corteza.

Alguna vez pasó ensimismado, olvidando el ritual de la caricia, pero cuando se percataba del olvido desandaba los pasos para acariciar ese punto del árbol.

Con la caricia quería transmitir el afecto a un entorno natural que amaba, pero también creía recibir su energía. En incontables ocasiones había sentido una vibración que partía de las yemas de los dedos que estaban en contacto con el árbol, recorría todo el brazo y estremecía el resto del cuerpo, cerrando siempre los ojos para disfrutar del momento con más intensidad, con más intimidad.

Le había ayudado a afrontar momentos y decisiones difíciles, pero ante todo le permitía expresar sin palabras los sentimientos que difícilmente se pueden transmitir con ellas, sensaciones quizás etéreas, pero que muchas veces dan sentido a la vida.

Esas caricias fueron limando las aristas de la corteza, hasta quedar redondeadas y dulces al tacto. No perdió los cantos más agudos en el mar, como otros objetos más duros que se resisten a ser transportados y tienen que ser arrastrados, en su caso se dejó transportar sin ofrecer resistencia hasta llegas a mis manos, en las que note desde el primer momento la energía de esas caricias que nunca habían sido confesadas por ese hombre porque era un acto muy íntimo que pierde el sentido al ser explicado.


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